Siempre que miro el cielo me pregunto si algún día caerán las nubes. Nuestra restricción física no es más que el polo negativo de la inteligencia; físicamente no podemos volar pero astutamente creamos aviones. Sabemos crear acciones que la naturaleza nos impide realizar, pero somos nosotros los que nos basamos, al fin y al cabo, en ella. Sin embargo, se ha dado un único caso en el que la inteligencia del hombre ha sobrepasado los límites de la propia naturaleza y ha creado un invento sin basarse en ninguna comparación natural. ¿Cuál? La mismísima rueda. Con todo esto, desemboco a la pregunta de ¿qué será mejor, basarse en los instintos de lo predeterminado o, en falta a ello, echar mano de la inteligencia? Mi respuesta aquí no puede ser otra que la defensa de lo conocido, aun sabiendo que la otra opción es infinitamente mejor.